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Muchos niños y muchos adultos sienten el impulso de entrar en lugares abandonados. Estos espacios siempre están delimitados, enmarcados dentro de unos límites más o menos definidos, como una imagen dentro de un marco. Normalmente aparecen tapiados, vallados o perimetrados con una cinta. Normalmente, rótulos con colores llamativos advierten del peligro que supone acceder a ellos por riesgo de desprendimiento o derrumbe.
Todo esto es cierto, pero la verdad es que hay otra razón más poderosa que explica la prohibición de entrar en este tipo de sitios. Nada debería salir de esos límites y nada debería entrar, porque los lugares abandonados representan, de alguna manera, el testigo de un “fracaso”. Los fracasos no deben ser admitidos, no deben ser conocidos; deben ser ocultados a los ojos ajenos. Hay quien diría que para entrar en alguno de estos lugares necesitamos, como en la película de Tarkovski, un stalker que nos guíe por la ruta más segura, sin ser descubiertos por el Gran Otro. Pare y observe lo que hay más allá del significado.
Texto: Antón Taboada. Fotografías premiadas en el concurso Xuventude Crea 2021, Xunta de Galicia.






